
¿Es posible el desarrollo económico sostenible?
MADRID.- El concepto de sostenibilidad fue acuñado por Gro Harlem Brundlandt en 1987 con ocasión del informe ‘Nuestro futuro común’, promovido por la Comisión de Desarrollo Económico de las Naciones Unidas. Su postulado es de sobra conocido por todos: debemos asegurar que nuestro desarrollo no sea a costa de comprometer el desarrollo de las generaciones futuras. En 20 años, asegurar un desarrollo sostenible es ya un eslogan que empresas, gobiernos y organizaciones internacionales emplean comúnmente para describir sus metas y objetivos.

Pero, ¿qué es y qué no es un desarrollo económico sostenible? De manera general, se entiende que la sostenibilidad sólo se logra atendiendo simultáneamente a tres objetivos fundamentales: la cohesión social, el crecimiento económico y la conservación de los recursos y del medio ambiente. Así, a la hora de examinar si el desarrollo de un país, una región o una ciudad es sostenible debemos preguntarnos si los tres criterios evolucionan positiva y paralelamente. La clave del desarrollo sostenible reside precisamente en lograr un equilibrio entre logros tan distintos y a veces enfrentados.
Indudablemente, la exhaustividad con que los tres objetivos pueden cubrir las preocupaciones de las personas representa una ventaja importante respecto del empleo de otros indicadores parciales sobre sostenibilidad. Entre estos figuran la huella ecológica (y otras huellas como la hidrológica o la de CO2), el uso energético y el porcentaje de participación de las renovables o los indicadores de biodiversidad. Sin embargo, ningún indicador por sí solo nos informa sobre la sostenibilidad de nuestro desarrollo. De ahí que muchas organizaciones hayan tratado de estudiar la sostenibilidad desde perspectivas muy plurales. Un ejemplo es el 'Índice de Actuación Ambiental' de las universidades de Yale y Columbia, que analizan una serie de variables de 149 países del mundo, a partir de las cuales elaboran un ranking ambiental.
En el ámbito europeo, la Comisión Europea ha publicado recientemente un informe titulado ‘Midiendo el progreso hacia una Europa más sostenible’ (Measuring progress towards a more sustainable Europe). Aunque tiene 330 páginas, los mensajes son claros y nítidos, y además se pueden resumir en pocas palabras. Empezando por las noticias buenas, podemos congratularnos por los avances sociales y económicos de Europa. Mirando el concierto mundial, tenemos sociedades cohesionadas, relativamente justas y que ofrecen oportunidades y bienestar económico a la inmensa mayoría de la población.
En el lado negativo, destaca un patrón común en casi toda Europa y confirmado por casi todos los indicadores. Se trata de la enorme dificultad, si no imposibilidad, para desacoplar el crecimiento económico del crecimiento en el empleo de energía, uso de materiales, emisiones y generación de residuos. Si bien es cierto que un euro de Producto Interior Bruto (PIB) necesita cada vez menos energía, como el producto crece más deprisa de lo que podemos reducir las bases físicas de la economía, casi todos los indicadores absolutos han empeorado entre 1995 y 2005.
En resumen, Europa mejora en los indicadores relativos –menores emisiones o menor uso energético por euro de PIB – pero empeora en los absolutos. Mejorar en todos implica consumir menos bienes de fuerte base física y energética, sin que ello comprometa la creación de riqueza económica. Si lo pensáis un minuto, veréis que el reto no es nada sencillo.